Descarrilando.

Morise; la resaca definitiva.


Foto a Cristina Esmorís por Magretdepato.

Esto pensaba Salvador Lobo mientras iniciaba su personal viacrucis hacia el trabajo. Era una de esas noches prematuras de invierno, cuando a las 7PM Madrid ya está oscuro y no hay más luz que la de faros y farolas.

El joven no caminaba; juntaba pasos como un autómata. Por mucho que hubiera seguido a rajatabla sus rituales y supercherías de lucha contra aquella tortura, aquella resaca apuntaba maneras de ser algo excepcional. Abróchense los cinturones, estamos en el ojo del huracán.

Era la hora de pagar con creces los intereses de tanta bebida y tan poco almuerzo. La última cena sin cenar. Los excesos de Lavapiés, un laberinto que esconde para quien lo conoce un sinfín de oportunidades clandestinas de pasárselo demasiado bien. Como decían sus amigos, aquellas noches locas eran tan impredecibles y surrealistas que parecían formar parte de un videojuego.

Amores fellinianos entre mendigas y subsaharianos, peleas pésimas, barras de bar cerradas que custodiaban microcosmos de infelices y extraños. Sobredosis de flamenco, parroquianos que llevaban años pidiendo un cigarro en la misma esquina, fiestas en tugurios donde todo el mundo recortaba sus camisetas para dar rienda suelta a sus pezones. Baños que daban acceso a lo desconocido. After hours para ciegos.

Pero centrémonos en los síntomas nuestro enfermo imaginario, para que el lector que todo lo cura con un Paracetamol pueda apiadarse de su alma.

Su taquicardia era un reloj de péndulo que tocaba el xilófono en su caja torácica. Un colibrí diabólico revoloteando dentro de su pecho. La ansiedad, su vieja amiga, estiraba las cuerdas de sus tendones hasta el punto de que cualquier atisbo de pose relajada escondía una Guerra Mundial de nervios bajo su ropa. Se podría decir que, de tener garras, sus pies habrían destrozado diez capas de suelas y se hubieran clavado en el suelo. Los pulmones, dos esponjas tristes empapadas en alquitrán, hacían lo que podían para achicar lodo y cada aspiración no podía sino asemejarse al esfuerzo de un náufrago exhausto que lucha por respirar. Su diafragma era un nudo imposible. Sus mandíbulas, un cepo. Y su cabeza… un cuenco de hueso que pugnaba por no derramar la pasta derretida en que se había convertido su cerebro.

Penoso cuadro, pero jamás lastimero. Si de algo se podría sentir orgulloso Salvador Lobo era de que rara vez importunaba al mundo con sus problemas internos. Era mejor tragar que salpicar.

Así estaban las cosas cuando Salvador llegó a la boca de Metro.  

Frente al ajetreo de personas, un resorte de viejos miedos hizo saltar la alarma en su pecho. Claustrofobia. La mera idea de adentrarse en aquel inframundo de aire viciado, lejos de la brisa fresca, le pareció y nunca mejor dicho, dantesco. Recordaba el golpe de calor que aguijoneaba como mil avispas todos los poros de su cuerpo. Tal era su fragilidad en aquellos momentos, que bastaba una interacción humana imprevista como para que implosionara y solo quedara de él un montículo de ropas tirado sobre el suelo. Un minuto encerrado en el vagón, entre parada y parada, era una eternidad en una jaula en movimiento.

Por ridículo que parezca, a Salvador Lobo le daba miedo algo tan cotidiano como el Metro. Su mente estaba descarrilando.

Descartado cualquier medio que lo transportara entre cuatro paredes, la única solución para llegar a su cita con el trabajo era seguir caminando. Echó un vistazo a su reloj.

“La indecisión es la peor enemiga de la diversión” –había dicho 20 horas antes un Salvador Lobo irreconocible, recitando sus bienaventuranzas baratas de Cristo de la Taberna. Lo que nadie sabía entonces es que aquel apasionado “bevidor” de verborrea fácil tenía un súper poder secreto: el de convertirse en un auténtico despojo humano a cambio de unas horas de felicidad.

“Tengo que ponerme en marcha”. Salvador Lobo giró y comenzó a caminar a paso Rajoy. Calculó la ruta de modo que todas las pendientes le fueran favorables. Como una canica, fue dejándose caer por las calles hasta encontrarse de bruces con las puertas de El Retiro. Su única oportunidad de llegar a tiempo pasaba por atravesar los jardines tomando un atajo. Cruzó el umbral, dejó a sus espaldas el cinturón de luces que rodeaba la verja y se sumergió en la boca del lobo verde.

En un intento de aislar con música todas las hipocondrias y pensamientos que rebotaban dentro de su cabeza, y también para acallar sus propias pisadas sobre la arena húmeda, Salvador se calzó los auriculares. A ritmo de Boards of Canada se adentró en la parte más frondosa del parque.

A medida que penetraba en la oscuridad, el tiempo; hasta entonces imperceptible y líquido, parecía ralentizarse y circular a su alrededor como un fluido viscoso. Era lava. Un gigantesco cocodrilo de lava. Y las farolas, flexos gigantes que se alumbraban el ombligo, emitían luz roja de tungsteno enfermo, como si sus raíces se hubieran contaminado con algún metal pesado del subsuelo. El mundo a su alrededor estaba transformándose.

Sin duda, la sugestión de la música había hecho mella en sus neuronas ya de por sí convalecientes y en su estado de ánimo enrarecido. Pero fuera cual fuera la causa de este fenómeno, su importancia quedaba relegada a un décimo plano en contraste con la hipnótica sensación que Salvador estaba experimentando.

Una catatonia lúcida.

Los pocos viandantes que pululaban a su alrededor, aparecían y desaparecían en la intersección de los paseos. Algunos brotaban de la maleza, persiguiendo quién sabe qué destino. Salvador comprendía todavía que eran gente. Gente de camino hacia lugares. Gente con misiones cotidianas. Tareas o citas. Compromisos sociales. Trabajar. Volver a casa. Comprar objetos. Devolver objetos. Recoger hijos. Romper relaciones. Visitar amigos. Comer. Beber.

En un momento dado, los pasos de Salvador se detuvieron completamente. Alguna fuerza inexplicable le impedía seguir caminando. Encuadró el mundo a su alrededor, pero no miraba. Ni veía.

El paisaje dejó de tener sentido.

Aquellos peregrinos anónimos dejaron poco a poco de ser personas hasta convertirse en un reguero de siluetas. Fantasmas. Y finalmente, nada, absolutamente nada, significó… nada.

Esa fue la primera vez que Salvador Lobo fue consciente de que la cordura era un delgado hilo sobre el que todos caminamos como funambulistas. Y no hay nadie que cruce de un extremo a otro sin perder el equilibrio.

Aunque sea un instante.

Texto por Alberto Mayoral.